Antes de partir, ya se veía la tónica de la escapada a media crisis. Eran la 1 y teníamos que levantarnos a las 2, y nadie se había dormido en la casa Chonty Patlán. En el aeropuerto, un taxi llegó a una terminal, otro a otra. La diversión, las epitomeces y el desfogue estaban garantizados.
Ya en NY, un taxista dominicano nos ahorró el metro de camino al Pod por 75 dólares.
Entonces las visitas obligadas al "Waldos" y las posturas que Natalia preparó especialmente para el viaje empezaron. Y también el dolor de pies. La hordirijilla bien podía haber sido asiática, porque no había caca de perro a la que no tomara fotos. Y la hordirijilla tomó café quemado de un dólar, y la hordirijilla preparó el pastel sorpresa para la mañana siguiente en Central Park. y la hordirijilla se emborrachó. Bien y bastante. Bueno, la mitad. La otra mitad cuidó a sus respectivas parejas. Yo fui del grupo de los vomitones. 15 veces para ser exactos. Más flaco y más crudo que nunca, Central Park me curó al día siguiente con un ritmo dominicano-reggetonero-jamaiquino entre hula hulas, justo después de Bethesda, en donde jamás he dejado de arrojar un penny pidiendo imposibles, de esos que casi duelen.
Y regresamos más pobres, pero más ricos en espíritu. Más cansados, pero con más ganas de cansarnos en esos menesteres. Y relajamos el alma.
- "¿Te puedo decir algo David?"
- "Alguna vez no has podido?"
No hay comentarios.:
Publicar un comentario