jueves, noviembre 10, 2011

un valiente!

Se casa. Se casa! Mañana en el 11 11 11 a las 11 con 11 le pedirá matrimonio. No tengo tanta emoción por la boda de un amigo desde la de Joel. No se viven igual las bodas de amigas que las de amigos. En las de amigos, sé perfecto lo que se siente, lo que se vive, la ilusión, el convencimiento, el miedo.

Mi Patolín adorado, la mejor de las suertes, que el amor entre tú y la person sea la fuerza que los mentenga felices, unidos, cómplices. Gracias también por hacerme parte de esto. Qué bueno es que el amor viva en estos tiempos tan cabrones.

Yo soy

Un dedo en la espalda me salva de una situación incómoda. El lugar está a reventar y luego de estampar firmas antes de una de la semana más críticas en la enfermedad de mi padre, un vaso de hielo con whisky me relaja un poco. Además, hay espectáculo para ver. Masaryk nunca me había parecido mejor, pero ahora me lo parece y mucho.

Los minutos y las copas pasan y y ahí está ella con su collar de plata, con una sonrisa, con una copa en la mano izquierda, con su peinado perfecto. Tiene 50 y tantos y es la reina del lugar. Flashazos, más flashazos, pasado mañana los periódicos estarán inundados de ella, de nosotros los que la rodeamos sin más razón que el convencimiento, unos, el interés, otros, el compromiso, los más, como bien prueba el tráfico de Polanco. Quien quería estar, estuvo porque soportó hora y media de Mariano Escobedo a La Martine.

Y me descubro disfrutando. Nadie hubiera pensado que una hora y media antes firmaba donaciones, uso de órganos, trámites que dan miedo y que aterran a mi familia y a mi.

Pero no tengo culpa. Disfruto genuinamente. Y lo agradezco porque lo necesitaba. Blackberry apagada, whisky en la izquierda y marlboro en la derecha. Terraza, skyline, Armani. Mi superfluo escape es perfecto, y lo disfruto como una montejo en un pueblo sin luz en Tulum, desnudo y con pulseritas hippies en la mano.

Soy dos. Bueno hoy, soy seis.

domingo, noviembre 06, 2011

Harto

Expulsado de la sábana y la almohada, con semen que muere por salir, aunque a morir salga. Camina usado, manchado, infeliz, pero sobre todo, harto.

Tres insinuaciones no fueron suficientes, probablemente necesitaba más humillación. Y la seguirá teniendo, lo sabe, pero su grado de pendejez y de clonazepam no lo hacen lanzarse. Y su miedo. Y la espera. La horrible espera, que entre las 1o y las 12 se le volvieron pretexto.

sábado, noviembre 05, 2011

Montes Azules

Entonces ocurre: decido amar. Una vez más, que no pasa nada. Que yo ya no soy.

Me perdí hace años, alguna vez que fui de paseo a Yaxchilán. Sucedió mientras daba la vuelta a una pirámide, o al intentar volver a la lancha. Me fui tal vez a Guatemala, secuestrado por mis miedos y mis ambiciones. No volví jamás y me pregunto dónde estoy, cómo visto, si tengo calzado o si me he convertido en un Mogli de la selva centroamericana.

Seguramente tengo el cabello largo, y como peces, y tengo como amigo a un león con el que que me bebo el azul del río Tulijá. De vez en cuando, recuerdo mi condición humana y me ligo a una turista europea, con apenas usar palabras, porque he olvidado casi por completo el idioma.

Mi estrés consiste en conseguir un buen pez y en encontrar una fruta para postre. No necesito llorar para recomponerme y no busco resquicios de sol para disimular la palidez de mi cara, porque tengo bronceadas hasta las nalgas. Me deshice hasta del taparrabo ya.

No uso lentes ni sé qué es una computadora, olvidé ya todo lo que no conviene para ser feliz. Mi propósito es ese, sólo ese. Pero ese yo, seguramente tiene nostalgia también, y entonces en un viaje astral me envía el recuerdo de que Adán sin Eva se divierte menos, tal vez. Y con una sonrisa estúpida y con unas ojeras cada vez más pronunciadas, muerdo la manzana. No sé si está envenenada.

Un instante cualquiera

Vestía de negro, con rayas de gis. Una mochila al hombro y una mirada que delataba a donde se dirigía. Cruzó sus ojos unos instantes conmigo, sin darse cuenta quizás. Se sentía como una paloma a punto de alzar el vuelo, novata, esquiva.

A flor de piel, llevaba el deseo de roce, de privacidades reveladas, compartidas, casi ilegales. De sabores en la boca y de placeres bajo la cintura. Se perdió tras un muro gris con restos de glorias blancas.