Un dedo en la espalda me salva de una situación incómoda. El lugar está a reventar y luego de estampar firmas antes de una de la semana más críticas en la enfermedad de mi padre, un vaso de hielo con whisky me relaja un poco. Además, hay espectáculo para ver. Masaryk nunca me había parecido mejor, pero ahora me lo parece y mucho.
Los minutos y las copas pasan y y ahí está ella con su collar de plata, con una sonrisa, con una copa en la mano izquierda, con su peinado perfecto. Tiene 50 y tantos y es la reina del lugar. Flashazos, más flashazos, pasado mañana los periódicos estarán inundados de ella, de nosotros los que la rodeamos sin más razón que el convencimiento, unos, el interés, otros, el compromiso, los más, como bien prueba el tráfico de Polanco. Quien quería estar, estuvo porque soportó hora y media de Mariano Escobedo a La Martine.
Y me descubro disfrutando. Nadie hubiera pensado que una hora y media antes firmaba donaciones, uso de órganos, trámites que dan miedo y que aterran a mi familia y a mi.
Pero no tengo culpa. Disfruto genuinamente. Y lo agradezco porque lo necesitaba. Blackberry apagada, whisky en la izquierda y marlboro en la derecha. Terraza, skyline, Armani. Mi superfluo escape es perfecto, y lo disfruto como una montejo en un pueblo sin luz en Tulum, desnudo y con pulseritas hippies en la mano.
Soy dos. Bueno hoy, soy seis.
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