Hoy me dejó despertarme sin dolor. Me di un baño de agua fría y no salieron lágrimas de mi. Toda el agua con la que me bañé salió de la regadera. Y en viernes. Y en mañana nublada, fresca, con aire de San Cristobal o de Medellín. Café.
Desnudo, me recosté sobre la cama recién tendida. Qué libertad, qué placer. Disfrutar despertar, estar vivo, ser y estar. Como hace meses no. Gracias fatiga crónica, depresión o estupidez por regalarme un viernes sin ti.
Intentando ordenar lo que no se ordena en mi cabeza... o que no tengo ni ganas de ordernar.
viernes, junio 24, 2011
martes, junio 21, 2011
Una foto, un disparador
Era imposible dejar de mirar su foto. No sólo era una foto hermosa de un niño de 3 o 4 años con grandes pestañas, también era un referente en la etapa más feliz de mi vida, y de la que incansablemente los harto aquí: mi infancia. Es increíble lo que puede hace facebook.
No recuerdo qué edad tenía cuando vi por primera vez esa foto. En ella aparece Tito, mi primito. Estaba en la entrada de su casa, en la parte del pueblo llamada "La colonia". Era una serie de casas de madera con techos de dos aguas en medio de la selva, a la orilla de un camino de grava que luchaba contra el fértil pasto verde bandera que sólo crece en Chancalá. Desde cualquier punto de "La colonia", se oía el murmullo del río. Fuerte, constante, fresco.
Me encantaba ir ahí porque me sentía en otro mundo. Ahora pienso que parecía el pueblo de la iniciativa Dharma en Lost. Había una "palapa de fiestas", un parque con juegos y un hospital, a cargo de mi primo Roberto, papá de Tito.
Su esposa, mi prima Elia, cocinaba unos pasteles deliciosos que a mi me gustaba mucho combinar con leche. Era una casa en que se respiraba felicidad. La casa nueva en medio de un paraíso, un trabajo a dos pasos, sólo gente que iniciaba una nueva vida en el maravilloso pueblo donde crecí.
Yo vivia ahí, fuera de "La colonia", pero ahí. Junto a ese inmenso río, a ese ruido que sólo tiene un pueblo pequeño. Mientras estuve, nunca supe lo afortunado que era. No sospeché tampoco que esos primeros 8 años de mi vida me marcarían como lo han hecho, para bien y para mal. Lo recuerdo aún cuando la gente no distingue entre una planta de plástico y una natural,o cuando nunca han visto un tigre en libertad, o bueno, una vaca.
Lo recuerdo también cuando la gente discrimina. Yo la sufrí cuando niño. Todos eran morenos, y yo odiaba mis pinches ricitos rubios. Si se vale, pues yo discrimino a quien discrimina. Me da pena.
La vida es tan encabronadamente sabia que ahora, la hermana de Tito, mi primita Elita, (perón los diminutivos pero aunke ahora tengan 25 yo los veo de 3 o 4 años) es casi mi vecina. Nos separa el parque de los venados. Es mi primera familiar de sangre en el DF. Ya no tengo que decir que tengo sólo a mi familia política aquí.
A lo lejos, como cuando estaba seco en Chancalá, el río empieza a sonar.
No recuerdo qué edad tenía cuando vi por primera vez esa foto. En ella aparece Tito, mi primito. Estaba en la entrada de su casa, en la parte del pueblo llamada "La colonia". Era una serie de casas de madera con techos de dos aguas en medio de la selva, a la orilla de un camino de grava que luchaba contra el fértil pasto verde bandera que sólo crece en Chancalá. Desde cualquier punto de "La colonia", se oía el murmullo del río. Fuerte, constante, fresco.
Me encantaba ir ahí porque me sentía en otro mundo. Ahora pienso que parecía el pueblo de la iniciativa Dharma en Lost. Había una "palapa de fiestas", un parque con juegos y un hospital, a cargo de mi primo Roberto, papá de Tito.
Su esposa, mi prima Elia, cocinaba unos pasteles deliciosos que a mi me gustaba mucho combinar con leche. Era una casa en que se respiraba felicidad. La casa nueva en medio de un paraíso, un trabajo a dos pasos, sólo gente que iniciaba una nueva vida en el maravilloso pueblo donde crecí.
Yo vivia ahí, fuera de "La colonia", pero ahí. Junto a ese inmenso río, a ese ruido que sólo tiene un pueblo pequeño. Mientras estuve, nunca supe lo afortunado que era. No sospeché tampoco que esos primeros 8 años de mi vida me marcarían como lo han hecho, para bien y para mal. Lo recuerdo aún cuando la gente no distingue entre una planta de plástico y una natural,o cuando nunca han visto un tigre en libertad, o bueno, una vaca.
Lo recuerdo también cuando la gente discrimina. Yo la sufrí cuando niño. Todos eran morenos, y yo odiaba mis pinches ricitos rubios. Si se vale, pues yo discrimino a quien discrimina. Me da pena.
La vida es tan encabronadamente sabia que ahora, la hermana de Tito, mi primita Elita, (perón los diminutivos pero aunke ahora tengan 25 yo los veo de 3 o 4 años) es casi mi vecina. Nos separa el parque de los venados. Es mi primera familiar de sangre en el DF. Ya no tengo que decir que tengo sólo a mi familia política aquí.
A lo lejos, como cuando estaba seco en Chancalá, el río empieza a sonar.
miércoles, junio 08, 2011
Mi PIN
Mi virginidad blackberriana finalizó antenoche.
Luego de resistirme por años, un mega oso, y la desesperante necesidad de volver a la oficina desde cualquier punto de la ciudad para revisar mails tontos, pero urgentes, me hizo lanzarme a un módulo de celulares en Liverpool Insurgentes.
Salí con una blackberry touch con cuanta cosa se pueda imaginar. En la sala de mi casa, por ejemplo, el satélite marca que estoy en una calle, en la cocina, en otra. Puedo ver la tele (no se me ocurre cuando tenga necesidad de verla en la black, pero ya sucederá, seguramente), y el costo me pareció razonable: 340 y tantos pesos con internet ilimitado, más 200 minutos libres y mamaditas extra. Gracias Iusacel! Y no es sarcasmo.
A menos de 48 horas, debo confesar que soy ya un adicto. Espero no convertirme en uno de esos weyes o weyas que en los restaurantes no pelan a su chava, chavo o comensal interlocutor por estar metidos en el messenger. Es una promesa solemne. No lo haré. Pero mientras no esté en eso, le daré duro. Es la verdad.
La gota que derramó el vaso sucedió el domingo en la mañana. Mientras estaba en el St. Regis con el autor de más pedorreo que me ha tocado atender, su blackberry se descargó. Le urgía saber si su perro, en Alabama, había desayunado croquetas o carnaza. O algo así. Entonces me pidió mi black... y yo mentí diciendo que se había mojado... pero que tenía un celular temporal, el cual no dudó en decirme que le serviría perfecto. Entonces saqué tímidamente mi celular. Es una especie de tamagochi del 2003, le falta la tecla del uno y la tapa de la batería esta quebrada, por lo que un diurex lo ayuda a mantenerse en una sola pieza. La pantalla está rayadísima y pesa lo que un ladrillo de los rojos.
Mr. Smith me miró con desdén. Era la misma mirada que me ponen en las juntas cuando en una sala, todos ponen su black sobre el escritorio y yo no pongo nada. O pongo un café para disimular. O la mirada que ponen cuando me piden mi PIN y yo intento hacer una broma para desviar el hecho de que soy el único en esta empresa que no tiene una black. O no tenía.
Pero agárrense, que mi versión es más moderna, y touch. Y con giroscopio. Y con un pantallón. En pocas palabras, en lenguaje macho, la tengo más grande. Al menos, por ahora. Las miradas en el elevador de hoy fueron muy satisfactorias. Fingí que he tenido esa black desde siempre, nomás por apantallar. Que wey soy. Pero no puedo evitar disfrutarlo!
¿Me pasas tu PIN?
Luego de resistirme por años, un mega oso, y la desesperante necesidad de volver a la oficina desde cualquier punto de la ciudad para revisar mails tontos, pero urgentes, me hizo lanzarme a un módulo de celulares en Liverpool Insurgentes.
Salí con una blackberry touch con cuanta cosa se pueda imaginar. En la sala de mi casa, por ejemplo, el satélite marca que estoy en una calle, en la cocina, en otra. Puedo ver la tele (no se me ocurre cuando tenga necesidad de verla en la black, pero ya sucederá, seguramente), y el costo me pareció razonable: 340 y tantos pesos con internet ilimitado, más 200 minutos libres y mamaditas extra. Gracias Iusacel! Y no es sarcasmo.
A menos de 48 horas, debo confesar que soy ya un adicto. Espero no convertirme en uno de esos weyes o weyas que en los restaurantes no pelan a su chava, chavo o comensal interlocutor por estar metidos en el messenger. Es una promesa solemne. No lo haré. Pero mientras no esté en eso, le daré duro. Es la verdad.
La gota que derramó el vaso sucedió el domingo en la mañana. Mientras estaba en el St. Regis con el autor de más pedorreo que me ha tocado atender, su blackberry se descargó. Le urgía saber si su perro, en Alabama, había desayunado croquetas o carnaza. O algo así. Entonces me pidió mi black... y yo mentí diciendo que se había mojado... pero que tenía un celular temporal, el cual no dudó en decirme que le serviría perfecto. Entonces saqué tímidamente mi celular. Es una especie de tamagochi del 2003, le falta la tecla del uno y la tapa de la batería esta quebrada, por lo que un diurex lo ayuda a mantenerse en una sola pieza. La pantalla está rayadísima y pesa lo que un ladrillo de los rojos.
Mr. Smith me miró con desdén. Era la misma mirada que me ponen en las juntas cuando en una sala, todos ponen su black sobre el escritorio y yo no pongo nada. O pongo un café para disimular. O la mirada que ponen cuando me piden mi PIN y yo intento hacer una broma para desviar el hecho de que soy el único en esta empresa que no tiene una black. O no tenía.
Pero agárrense, que mi versión es más moderna, y touch. Y con giroscopio. Y con un pantallón. En pocas palabras, en lenguaje macho, la tengo más grande. Al menos, por ahora. Las miradas en el elevador de hoy fueron muy satisfactorias. Fingí que he tenido esa black desde siempre, nomás por apantallar. Que wey soy. Pero no puedo evitar disfrutarlo!
¿Me pasas tu PIN?
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