Hacía mucho no soltaba una carcajada sonora, de esas que salen como si partieran el pecho y la garganta. Qué bueno saber que los 23 pesos invertidos en una silla de cuestionabilísima calidad en un
Chedraui de Villahermosa hace ya casi... ¡14 años, no mames!, cuando entré a la Universidad; me hiciera el día tantos años después.
Debo empezar con la
chispa que desató el recuerdo. Era una tarde como cualquier otra, bajo la barra de luz blanca que ve caerse a diario mi alguna vez salvaje y abundante cabellera. Era miércoles y Edgardo venía a Consejo, pero no fuimos al cine como tantas otras veces. Hablábamos de bizarridades con Sandy, y ante tan singulares temas salió el de las caídas.
Edgardo recordaba que en la entrada de su casa hay una
pendiente, y que en más de una ocasión, al calor de las copas o sobrio, se ha recostado sobre ella y no precisamente para tomar el sol. El estruendo crecía, pues de ahí la anécdota se pasó a los tiempos en que empezaba a reportear, y fue a entrevistar a una viejecita que lo invitó a sentarse en una de
dos primorosas y endebles sillas que, a la vista de Edgardo, eran antiguedades alemanas.
Sólo una mesa con una bonita carpeta tejida y flores de plástico lo separaban de su interlocutora, y el se posó sobre el tejido de mimbre de la silla. A mitad de la entrevista, el tejido de mimbre decidió dejar de existir, y a Edgardo
se le encajó el trasero en el cuadro de madera, pero digno él, no dijo nada y continuó charlando.
Al terminar la entrevista, Edgardo no podía destrabar su aprisionado trasero, pero
el destino quería reírse aún más de él, y de su trasero. Mientras empinaba una taza de te con el meñique al aire, la delicada silla crujió primero, para luego dar paso a un
estrepitosa explosión.
Las carcajadas mientras nos contaba el asunto nos hicieron merecedores de miradas inquisitivas alrededor de la oficina, pero bien valieron la pena.
Entonces recordé aquella
silla blanca de plástico de Chedraui, que tenía una
pata traicionera y que hizo pasar singulares escenas a muchos amigos que me visitaron en aquél departamento del centro de Villahermosa, y que nunca quité, maquiavélicamente, porque nos hacía a todos la tarde, aunque no sé qué tanto al que resultaba
presa de su furia.
El escenario era así: alguien llegaba, y ante la falta de espacio dónde sentarse además de la cama, la silla del terror era requerida para platicar, chelear, terapear, hacer tarea o fumar a gusto. La pata delantera izquierda
empezaba sigilosamente a doblarse, y como si supiera de protagonismos, la silla elegía el mejor momento para dar un reparo digno de chivo en castración, y aventaba a su ocupante
hacia las alturas, impulsado por la fuerza de aquella pata que se resistía a quebrarse. Pocas veces en mi vida me he reído tanto y tan francamente, como niño que prepara una travesura y espera a que las piezas se acomoden.
De buena fuente sé que esa silla sigue
haciendo de las suyas, porque hace algunos años que volví a aquél departamente que ahora ocupan otros 6 universitarios, amigos de los amigos de los amigos que fuimos cediendo nuestro turno al dejarlo, la vi arrinconada en la zotehuela, esperando quiza una fiesta y que alguien la requiera para descansar
después de bailar.