Vivía en el Motel Boston. Desde mi ventana veía el Estadio Azteca y veía porno gratis en la noche. Mi saldo se extinguía con cada amigo que me llamaba en medio de la borrachera para hacer saber que extrañar no es fácil. Algunas lágrimas las contuve, otras, muchas, ni tantito. Corrieron y corrieron en medio de olor a alfombra podrida y de los kilos que desaparecían uno tras otro, del trabajo soñado que no llegaba y de las oportunidades inxistentes para un pueblerino con cara de extranjero.
Más de 16 kilos después una llamada a un viejo celular, el 2109 7690, cambió el rumbo. "Alguien se salió, y el primero en la lista de los no aceptados eres tú. ¿Te interesa?" Entré al taller de redacción de Reforma. Las galletas en los breaks eran mi único alimento físico. Emocional, tenía bastante. Hay una verdad que descubrí desde entonces: Hay más gente buena que mala. Desde invitaciones a comer a sus casas, hasta sándwiches robados de las cocinas de sus padres empezaron a llegar a mis manos. No tendré, jamás, cómo agradecer.
Mes y medio después era llamado a una entrevista para ser reportero de una sección llamada Vida! El nombre fue profético. 9 años y muchas satisfacciones después, decidí ajustar no el rumbo, sino el trayecto, en pos de definir mi vida no sólo a través de mi trabajo. Del famoso "trabajar para vivir, no vivir para trabajar".
Y aquí estoy. Construyendo de nuevo. Tengo miedo, como la tarde de domingo en que me formé en la TAPO para tomar un taxi al Motel Boston.
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