La vi asomarse a la vuelta de la esquina, entre el Seven Eleven y los macetones de la plaza que está frente a mi departamento. Tiene un sonrisa cínica, pero sabe que en cuanto desvío la mirada, se sube a mis hombros, se cuelga de ellos, me aplasta totalmente. Es como si abusara de mí, como si no pudiera huír de ella jamás. Puedo esconderme, pero no la he perdido más allá de unos días. Se cuelga de mis párpados, los jala hacia abajo.
Me he comprado un veneno para darle cuando esté fuera de mí. Espero poder enterrarla muy lejos, muy profundo, sin riesgo de que vuelva jamás. Colocaré sobre ella escupitajos como señal de mi desprecio, y grabaré en la tumba una advertencia de mantenerse alejado de ahí. No sea que le tome el pie a alguien y se cuelgue como lo ha hecho de mí. No más.
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