Hay dos pájaros en el balcón. No sé cuáles son, son pequeños y cafés. Se pararon ahí mientras gogleaba las golondrinas del poema de Bécquer. Escucho la canción esa de La oreja de Van Gogh que las menciona y me da curiosidad leer el poema, y luego me siento tonto de buscar algo que menciona una canción popera, pero cuyo pianito me trae de cabeza. No puedo dejar de oírla.
Mi papá dormita en la sala. Es un regalo divino que esté aquí, en mi casa, con vida y relajado, tranquilo. Ha sido una de las semanas más terribles en su vida, y en la mía también. El martes me quebré, y subí varios peldaños en la escalera de ser adulto. Pero no quiero hablar de ese día, martes 13, además. No quiero ni recordarlo.
Mis párpados pesan, pero hay paz en casa. Todas las mujeres de esta semana han salido a comer, y yo no he encontrado mejor espacio para hablar con mi papá, para sanar, para agradecer, para sentirme su hijo.
El martes, ese del que no quiero hablar, me sirvió para reconciliarme con el lugar de hijo que ocupo en su vida. Aplaqué mi soberbia. Después de todo, el día no fue tan malo, tal vez. Pero me siento cómodo y a la vez tranquilo, satisfecho con lo que soy en su vida, y no pretendo más. Me es suficiente el amor, y hasta sobra, porque es mucho más, quizá, del que tenga para él. Pudimos hablar y recordar. Quizá, como nunca en 33 años de que llegué a su vida.
El sol entraba por la ventana del comedor y caía sobre una planta en una maceta de barro que nunca encontré más hermosa. Yo podía ser un adulto, no pretender ser uno. Me sentí cómodo con la alfombra manchada, el depa tamaño huevo y las dos habitaciones. Es lo que he logrado con mi esfuerzo, no he logrado más. Pero está bien y estoy satisfecho. Él lo nota, y me comparte lo juzgado que se sentía por su hermano mayor. Le agradezco el gesto.
Hago unas pruebas del diplomado que disfruta por momentos, y en otros lo incomodo terriblemente. Le recuerdo que no hay respuestas buenas ni malas. El momento se rompe, pero he obtenido más que en muchos años. Dios no me deja irme de esta vida sin tener un momento real con mi padre, como yo anhelaba. Es mucho más de lo que pude haber soñado.
Luego, después de cuestionarios del diplomado que nos enserian o nos hacen reír, no me atrevo a preguntarle si se siente orgulloso de mi. Ya lo haré, si reúno el valor alguna vez, si el tiempo nos alcanza.
Hallé las golondrinas de Bécquer: "Volverán las oscuras golondrinas, en tu balcón sus nidos a colgar".
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