Lo he pospuesto, como lo que es de verdad importante, porque me duele. Quizá porque no tengo ya nada qué decir del cáncer, que me ha arrebatado tanto. Apareció de nuevo en marzo de ese año. Con su silencio triunfante. Se llevó ya a mi primo Elías. 29 años. Ha sido su única victoria de 2011.
Mi papá la lleva ganada, me dice el corazón, y un trasplante a la vuelta de la esquina nos lo confirmará, bajo la gracia de Dios. Antier, mi tío Pedro, hace tres semanas, mi tío Balta. Están en pie de guerra los tres, más Leo, más Debora, más otros afectos y conocidos que, invariablemente, me conocen.
Yo soy el eje rector de esa mierda, al menos desde mi perspectiva. Yo soy el mosh de los que conocen a gente que se va por su causa. A mi mente viene la cadena tensa de perlas del sueño aquél, que me toca destensar. ¿Y cómo se hace? ¿Y cómo se repara lo que no se sabe enfermo, y como se alivia lo que sí?
Si viene por mi, pues ahora sí quiero darle la guerra, mi guerra. Ante la posibilidad de muerte, la guerra es del afectado, tarde entendí, los demás podemos luchar a su lado, pero sólo eso, a su lado, no en ellos, no por ellos.
Aquí no huele a nada. Quizá a los helechos adoptados el domingo, pero no huele a más. Aún no huele a triunfo.
Teléfono. Era mi padre. Esta enfermedad también tiene sus regalos. ¿De cuándo a acá yo tengo llamadas con mi padre? Hemos reído. Tuvimos risas nerviosas del tráfico que hay de la Del Valle al Hospital Español. La calma chicha antes de encerrarse a piedra y lodo durante 21 días en una habitación cuyas ventanas no dan a ningún lado, y la que el sonido "bip bip bip bip bip" no debe ausentarse jamás.
"Estoy muy orgulloso de los hijos que tengo", me dice como de paso. Sonrío, como si pudiera ver mi cara del otro lado del teléfono. Guardo silencio. Busco algo inteligente qué decir, corresponder al gesto.
"Yo también del padre que tengo", no le digo. "Gracias papá, somos reflejo de los papás que tenemos", sí le digo. Incluyo a mi madre, como él incluyó a mis hermanos. Se me va un momento perfecto de decirle de la mejor forma que me siento profundamente orgulloso de la sangre que tengo, de dónde vengo. Soy un maricotas, dicho con el mayor dolo del mundo hacia mí. Me faltan huevos para decirle a mi padre todo lo que significa para mi, a pesar de lo que está viviendo, de no que no hemos salidos de hospitales en los últimos meses.
Estoy viendo el teléfono.
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