No lo ha superado, su sensación de victoria se la había dado, sencillamente, la distancia. La cercanía lo puso de manifiesto, y en todo su esplendor. La culpa neurótica se apodera de su cuerpo pálido, fofo, con añoranzas de abdómenes extintos. Cuánto le cuesta reconocerlo y por fin, creerlo: es la historia del lugar donde nunca aprendió a estar (emulando a Maru). No es falta de amor, no es malagradecido, sólo es él. Ni siquiera distinto, sólo él. Ama la distancia tanto como los ama a ellos, bueno, quizá un poco menos, pero de cualquier modo, ese amor es infinito.
Se regocija en su soledad y en sus silencios, ahora violados además, por una nueva línea del metro cuya construcción no parece terminar jamás. Y añora, chafamente, lo que ni ha sido, pero insiste en creer que sí ha pasado, que eso vive en su recuerdo y no en su imaginación. Tal vez sólo está muy cansado.
Todos nos hemos sentido como tú. "La distancia óptima" me dijo un psicólogo una vez.
ResponderBorrarLa distancia sana, bendita, idealizadora... culpabilizante, fría, que nos recorta y recuerda las fotos familiares en las que no salimos.
Patolín