Estoy en el ácido mental y de repente Sergio
dice algo sobre una tarea creativa para representar qué me deja el semestre. Mi
mente se pone en blanco y luego es asaltada por diversas ideas: ¿y si saco mi
alter ego rockero y me echo una canción?
Tan pronto como la idea llega, la desecho.
Luego le doy más vueltas, y más vueltas y más
vueltas. Por fin, una tarde de sábado empiezo a escribir un cuento: “había una
vez un hombre ateo llamando Jean Paul Sartre que no creía en Dios…”, pero luego
me atoro, y el cuento no fluye.
El domingo siguiente pienso en hacer unas
pantallas de facebook con el status de Kirgegaard: “Salto a la belleza de mi
libertad”, con un Like de Rollo y de Buber, pero Husserl me dice que ese no soy
yo, y que debo hacer lo que sé hacer y con lo que
me siento pleno y feliz: escribir.
Me recuerdo el primer día de clase: escribí
en mi cuaderno con letra bonita y puse toda la atención que me fue posible,
mientras intentaba no distraerme con las arracadas que Sergio portaba
orgulloso.
Recuerdo mi primer apunte: “Método
fenomenológico”, el método científico para la psicología humanista en el aquí y
el ahora. Subrayé “aquí y ahora”. Una sentencia que me cuesta mucho trabajo
cumplir, porque tiendo a vivir en el futuro. Es en esa sentencia en lo baso lo
que me deja este semestre. Divorciarme de la prisa. Sentirme, y no pendejadas.
“Aquí y ahora”, me repito, “Aquí y ahora”. Me
lo digo para que las palabras se conviertan en acción. Eso sí: creo que tender
a ver hacia el futuro sí me ha traído una cosa positiva: trabajar en mi
presente sin renegar de él, acariciando los segundos que me son dados, para
vivir ese otro presente en estado futuro que ya llegará, si llega.
Uno de los principales objetivos de la
terapia humanista es poner al individuo en posesión de lo que es, no de lo que no
es, de lo quiere ser.
Aún sin arrancar mi proceso terapéutico, me
siento en posesión de mí. Estoy en posesión de mí. Y como sólo hay realidad en
la acción, elijo elegirme como un David en su propia búsqueda, en
transformación, en un proceso de ser la tan sonada frase de la mejor versión de
sí mismo.
Concluir un primer semestre que me supo a
bimestre, me hace emocionarme al tener conciencia de mi: estoy haciendo lo que
quiero desde la aplicación de mi libre albedrío, me siento con la existencia
auténtica de Kierkegaard, actor y no espectador.
Me encanta el fenómeno que soy, y podría
modelar a Husserl con gusto. Me quedo con la tarea de llevar a Buber a un nivel
más profundo, para que cuando diga tú, ejercite el yo. Pero soy proceso.
Siento el llamado de Maslow a la
autorrealización, a grado tal, que de poder hacerlo sin preocuparme por pagar
la renta, renunciaría a mi trabajo hoy mismo y volvería a ser estudiante con
apuntes con letra bonita
Tengo sed del próximo semestre, y nostalgia
del que se acaba. Pero, recuerdo, soy
proceso. Soy un hombre en búsqueda constante de un mejor yo. Me permito probar,
y me permito fallar. Introyectos, a la chingada.
Emulo a alguien que no está en el programa de
estudio del semestre, pero que para mi, condensa bien lo quiero expresar. Tuve
la fortuna de que el mismo Jodorowsky me lo dijera a
la cara: lo que das, te lo das, lo que
no das, te lo quitas.
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