Como cada mañana, iba circulando por
Cervantes Saavedra, en la colonia Granada, rumbo a la editorial en que
trabajo. Venía cantando en el tráfico,
absorto en mis pensamientos. De repente oí algunos gritos: al voltear a ver
hacia el carril de circulación contraria, vi a una persona con un impermeable
azul, tirada casi a media calle. Convulsionaba, o eso me parecía, mientras los
autos la esquivaban, sin detenerse ninguno.
Me orillé como pude, le quité las llaves a mi
auto, apreté el clic de la llave y me bajé corriendo. A pesar de hacer indicaciones a los
conductores para que se detuvieran, ninguno me permitía pasar. Logré llegar a donde estaba ella en casi un minuto.
Alguien le sostenía ya la cabeza, había perdido mucha sangre. Era una chica, de
unos 20 años. Me impacté del tamaño del charco de sangre debajo de ella. Buscaba en mi mente, desde que quería cruzar
la calle, el número telefónico para pedir una ambulancia. No atinaba si
goglearlo en mi teléfono o asistir a la chica.
Un joven, una señora, y una mujer que después descubrí que era una
doctora, estaban de repente ahí también. El joven me pedía llamar a la
ambulancia y yo me sentía muy torpe, recordé el número de Locatel, que nunca
entró. Por fin la doctora logró
comunicarse.
Yo atinaba a tomarle las rodillas,
preguntarle su nombre, pero ella no podía hablar, estaba en shock y no fijaba
la vista. Sugerí a la doctora que
buscara en su bolsa su identificación, y algún celular, para sacar el número de
algún familiar. Le pedimos permiso para
hacerlo, y sin saber si consentìa o no, lo hicimos. No encontramos identificación, pero sí un
viejo celular, que ella tomó en un intento por marcar. Lleno de sangre, el
joven junto a mì lo tomó y me lo pasó.
Limpiando la sangre, no podia ver nada en la pequeña pantalla, era un
celular muy viejo. El joven junto a mí le quitó el chip, y mientras se lo ponía
a su celular, la otra señora presente me contó lo que había sucedido: venían en
un microbús, la chica tocó el timbre para avisar que bajaba pero no se oyó, y
cuando el micro se detuvo por el tráfico, ella se bajó justo en el momento en
que el microbús volvía a arrancar.
Yo insistía con saber su nombre, y la chica
en medio de la sangre, alcanzó a responderme: Montserrat.
En ese momento el joven encontró un número en
el directorio que desplegaba el chip en su celular: “Mamá”.
Me dictó el número y marqué. Mientras sonaba,
por primera vez tomé conciencia de la cantidad de claxonazos de los conductors
que pasaban en uno y otro sentido. No
solo nadie se detenía, también nos echaban el auto para que nos hiciéramos a un
lado. Sentí una pena profunda, una rabia
terrible, una profunda tristeza y desesperanza en la humanidad. Sentí ganas de vivir en otro planeta. En eso
un “¿bueno?”, me sacó de mis segundos reflexivos. Me ametrallaron las palabras
en la mente, porque quería que no me colgara si pensaba que era un extorsionador
o secuestrador.
- ¿Habla la
mamá de Montserrat? Pregunté.
- ¿Sí? Respondió con duda una voz de unos 50 años
de edad.
- Señora,
estamos atrás del Hospital Español, su hija se cayó del micro. Ya llamamos a la ambulancia y viene en
camino. Su hija no está sola, estamos dos señoras y un chico y yo aquí con
ella.
No recuerdo qué me respondió. Sí note que
jamás me preguntó si su hija estaba bien, tal vez porque se lo comuniqué con
la voz más calmada que pude. Luego recuerdo atinar a darle el celular de un paramédico
que ya estaba ahí. Es del único que recuerdo el nombre y apellido: Ricardo
Vitela.
- ¿A qué
hospital la van a llevar?, me preguntó
la mamá de Montserrat.
Indagué como pude, pero me respondían que le
pregungtara primero si tenía IMSS o ISSSTE, la doctora que seguía sosteniéndola
me pidió preguntar si era alérgica a algo, su edad y sus apellidos. Una vez teniendo esos datos, , me dijeron que
la llevarían a la Cruz Roja Polanco. La mamá de Montserrat me preguntó mi
nombre, y me agradeció.
Me agaché y tomé de nuevo de las rodillas a
Montserrat: la note un poco más presente, le dije que su mama ya sabía que se
había accidentado, y que iba rumbo a la Cruz Roja de Polanco, a donde la iban a
llevar a ella. Montserrat me volvió a ver, sin dejar de llorar. En sus
ojos había mucho dolor, mucho miedo, pero también agradecimiento.
Los paramédicos me dieron algo para limpiarme
la sangre de las manos. Los autos no dejaban de claxonear. Tengo presente a un
jetta azul marino que casi nos arrolla a todos, a la herida y a los ayudantes. Aceleraba
sin avanzar para que nos quitáramos, pues sólo quedaba un carril libre.
Cervantes de Saavedra no es una vía de alta velocidad, es una avenida de doble
sentido con un viejo camellón al centro.
Hasta que una patrulla no se estacionó para protegernos un poco, la
situación ahí era de peligro para todos.
Cruzar la calle para llegar de nuevo a mi
auto fue una travesía, y eso que estábamos en una esquina. Me subí a mi auto y
me sentí profundamente triste. Me dolía ver a esa chica herida y ensangrentada,
pero me dolía más ver en qué nos hemos convertido cuando vemos al de al lado
herido.
¿Qué nos pasó? ¿Cuándo dejamos de ser humanos?
¿Qué nos pasó? ¿Cuándo dejamos de ser humanos?
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