miércoles, febrero 04, 2015

¿Cuándo dejamos de ser humanos?



Como cada mañana, iba circulando por Cervantes Saavedra, en la colonia Granada, rumbo a la editorial en que trabajo.  Venía cantando en el tráfico, absorto en mis pensamientos. De repente oí algunos gritos: al voltear a ver hacia el carril de circulación contraria, vi a una persona con un impermeable azul, tirada casi a media calle. Convulsionaba, o eso me parecía, mientras los autos la esquivaban, sin detenerse ninguno. 

Me orillé como pude, le quité las llaves a mi auto, apreté el clic de la llave y me bajé corriendo.  A pesar de hacer indicaciones a los conductores para que se detuvieran, ninguno me permitía pasar.  Logré llegar a donde estaba ella en casi un minuto. Alguien le sostenía ya la cabeza, había perdido mucha sangre. Era una chica, de unos 20 años. Me impacté del tamaño del charco de sangre debajo de ella.  Buscaba en mi mente, desde que quería cruzar la calle, el número telefónico para pedir una ambulancia. No atinaba si goglearlo en mi teléfono o asistir a la chica.  Un joven, una señora, y una mujer que después descubrí que era una doctora, estaban de repente ahí también. El joven me pedía llamar a la ambulancia y yo me sentía muy torpe, recordé el número de Locatel, que nunca entró.  Por fin la doctora logró comunicarse.

Yo atinaba a tomarle las rodillas, preguntarle su nombre, pero ella no podía hablar, estaba en shock y no fijaba la vista.  Sugerí a la doctora que buscara en su bolsa su identificación, y algún celular, para sacar el número de algún familiar.  Le pedimos permiso para hacerlo, y sin saber si consentìa o no, lo hicimos.  No encontramos identificación, pero sí un viejo celular, que ella tomó en un intento por marcar. Lleno de sangre, el joven junto a mì lo tomó y me lo pasó.  Limpiando la sangre, no podia ver nada en la pequeña pantalla, era un celular muy viejo. El joven junto a mí le quitó el chip, y mientras se lo ponía a su celular, la otra señora presente me contó lo que había sucedido: venían en un microbús, la chica tocó el timbre para avisar que bajaba pero no se oyó, y cuando el micro se detuvo por el tráfico, ella se bajó justo en el momento en que el microbús volvía a arrancar.

Yo insistía con saber su nombre, y la chica en medio de la sangre, alcanzó a responderme: Montserrat.

En ese momento el joven encontró un número en el directorio que desplegaba el chip en su celular: “Mamá”.

Me dictó el número y marqué. Mientras sonaba, por primera vez tomé conciencia de la cantidad de claxonazos de los conductors que pasaban en uno y otro sentido.  No solo nadie se detenía, también nos echaban el auto para que nos hiciéramos a un lado.  Sentí una pena profunda, una rabia terrible, una profunda tristeza y desesperanza en la humanidad.  Sentí ganas de vivir en otro planeta. En eso un “¿bueno?”, me sacó de mis segundos reflexivos. Me ametrallaron las palabras en la mente, porque quería que no me colgara si pensaba que era un extorsionador o secuestrador. 

-       ¿Habla la mamá de Montserrat? Pregunté.
-       ¿Sí? Respondió con duda una voz de unos 50 años de edad.
-       Señora, estamos atrás del Hospital Español, su hija se cayó del micro.  Ya llamamos a la ambulancia y viene en camino. Su hija no está sola, estamos dos señoras y un chico y yo aquí con ella.

No recuerdo qué me respondió. Sí note que jamás me preguntó si su hija estaba bien, tal vez porque se lo comuniqué con la voz más calmada que pude. Luego recuerdo atinar a darle el celular de un paramédico que ya estaba ahí. Es del único que recuerdo el nombre y apellido: Ricardo Vitela.

-       ¿A qué hospital la van a llevar?, me preguntó la mamá de Montserrat.

Indagué como pude, pero me respondían que le pregungtara primero si tenía IMSS o ISSSTE, la doctora que seguía sosteniéndola me pidió preguntar si era alérgica a algo, su edad y sus apellidos.  Una vez teniendo esos datos, , me dijeron que la llevarían a la Cruz Roja Polanco. La mamá de Montserrat me preguntó mi nombre, y me agradeció.

Me agaché y tomé de nuevo de las rodillas a Montserrat: la note un poco más presente, le dije que su mama ya sabía que se había accidentado, y que iba rumbo a la Cruz Roja de Polanco, a donde la iban a llevar a ella.  Montserrat  me volvió a ver, sin dejar de llorar. En sus ojos había mucho dolor, mucho miedo, pero también agradecimiento. 

Los paramédicos me dieron algo para limpiarme la sangre de las manos. Los autos no dejaban de claxonear. Tengo presente a un jetta azul marino que casi nos arrolla a todos, a la herida y a los ayudantes. Aceleraba sin avanzar para que nos quitáramos, pues sólo quedaba un carril libre. Cervantes de Saavedra no es una vía de alta velocidad, es una avenida de doble sentido con un viejo camellón al centro.  Hasta que una patrulla no se estacionó para protegernos un poco, la situación ahí era de peligro para todos.

Cruzar la calle para llegar de nuevo a mi auto fue una travesía, y eso que estábamos en una esquina. Me subí a mi auto y me sentí profundamente triste. Me dolía ver a esa chica herida y ensangrentada, pero me dolía más ver en qué nos hemos convertido cuando vemos al de al lado herido. 

¿Qué nos pasó? ¿Cuándo dejamos de ser humanos? 

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