Se siente en el mismo lugar, más profundo, quizá, así sin "s". Se exacerba cuando lo veo reflejado en los párpados de mi padre. Y entonces no sirvo para nada. Me reanimo y río, y me carcajeo, para no llorar por otras cosa que en verdad importan. A un mes del trasplante, agradezco a Dios que todo va en "perfecto orden", en palabras del doctor. Pero el alma no levanta, y los párpados caídos tampoco. Y le duele estar vivo, y a mi me duele ver su dolor. Y me duele la vida también, producto de decisión estúpida tras decisión estúpida.
"No", "no", "no". ¿Qué no estaba resignado al lugar que siempre he ocupado? ¿Qué no se supone que estaba bien? ¿Y qué no era yo muy noble y bueno? Sea de donde sea que venga esto, no me gusta, ni un pelo. Remar contra corriente cansa más de lo que creí. Tapar el Sol con un dedo me ha quemado las retinas.
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