Entonces ocurre: decido amar. Una vez más, que no pasa nada. Que yo ya no soy.
Me perdí hace años, alguna vez que fui de paseo a Yaxchilán. Sucedió mientras daba la vuelta a una pirámide, o al intentar volver a la lancha. Me fui tal vez a Guatemala, secuestrado por mis miedos y mis ambiciones. No volví jamás y me pregunto dónde estoy, cómo visto, si tengo calzado o si me he convertido en un Mogli de la selva centroamericana.
Seguramente tengo el cabello largo, y como peces, y tengo como amigo a un león con el que que me bebo el azul del río Tulijá. De vez en cuando, recuerdo mi condición humana y me ligo a una turista europea, con apenas usar palabras, porque he olvidado casi por completo el idioma.
Mi estrés consiste en conseguir un buen pez y en encontrar una fruta para postre. No necesito llorar para recomponerme y no busco resquicios de sol para disimular la palidez de mi cara, porque tengo bronceadas hasta las nalgas. Me deshice hasta del taparrabo ya.
No uso lentes ni sé qué es una computadora, olvidé ya todo lo que no conviene para ser feliz. Mi propósito es ese, sólo ese. Pero ese yo, seguramente tiene nostalgia también, y entonces en un viaje astral me envía el recuerdo de que Adán sin Eva se divierte menos, tal vez. Y con una sonrisa estúpida y con unas ojeras cada vez más pronunciadas, muerdo la manzana. No sé si está envenenada.
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