jueves, agosto 27, 2009

Claudia

Antenoche veía una película, la clásica, de un adolescente tímido que no se anima a ligarse a la niña bonita del colegio. Me acordé de Claudia Molina en automático. El día que la conocí, era algo así como octubre o noviembre, estaba en segundo año de secundaria y estaba parado, por alguna razón, en las puertas de la escuela luego de la segunda hora de alguna materia de la cuál no recuerdo ni un ápice, cuando vi que se acercaba la mujer más hermosa que mis ojos habían visto en 12 años de edad.
Mucho delineador debajo de los ojos, el pelo largo, lacio, oscuro y medio recogido, la mirada fija en mi y unas labios que repasaba con su lengua. Caminaba despacio, con una mochila negra al hombro y con el uniforme reinterpretado: la falda más corta, la blusa desabotonada más allá del reglamento que dejaba adivinar dos perfectos senos redondos, y con 40 mil pulseras en una mano.

Suspiré y me autodescalifiqué. Era más flaco que nadie en la escuela, y eso me hacía siempre sentir incómodo. No me la quité de la cabeza todo ese día, ni al día siguiente. Investigué y era la tercera secundaria que la aceptaba pues la habían expulsado de todas. ¡Más horny aún!
Al tercer día, se acercó a mí una chica que no recuerdo cómo se llama, algo como Nubi, que iba en su salón. Fue directa: "dice Claudia que si no le vas a hablar...", y entonces se me cayeron los calzones. ¡No podía dar crédito que supiera quién era! La siguiente escena fue menos afortunada, porque nunca llegó. Claudia desapareció de la escuela porque, decían en los pasillos, "había tenido que ir a una clínica". Drogas, bebé, nunca supe. Pero Claudia me heredó, sin haber cruzado nunca palabra con ella, unos huevos más grandes.

Gané tanta seguridad en mí, por el simple hecho de que se hubiera fijado en mí, que dejé de traumarme por ser flaco, alto y "guerito". Hice fortaleza mi debilidad. Y aunque ni así pude lograr jamás que mi papá me prestara la camioneta para impresionar a otros amores adolescentes, llegué a segunda y tercera base sintiéndome más hombre y menos niño.

1 comentario:

  1. ¡Que chingón, amigo! Y pensar que a mí ese sentimiento me llegó hace poco... Bueno, el chiste es que aunque tarde haya llegado. Que tus amores platónicos se fijen en tí es una de las cosas más padres que me han pasado en la vida. Cada vez que pienso en ellos, se me sube automáticamente el autoestima y siento que puedo conquistar a quién se me ponga enfrente. Seguramente ninguno de los que se fijaron en mí sabe que me dio una seguridad tan grande. Por eso dicen q por algo pasan las cosas. Esta es una prueba más ;) Te adoro!

    ResponderBorrar