Hace mucho, cuando todavía creía, soñé a mi abuela vestida de negro. La soñé así cada vez que se fue muriendo uno de sus hijos varones. Cuando murió mi tía Isabel, la soñé vestida de azul, como vestida con una tela de magitel a rayas, y entonces supe que el patrón había cambiado. No la he vuelto a soñar jamás. La historia de las muertes de mis tíos es casi tan vieja como yo, pero más. Empezó mucho antes de nacer, y después, poco antes de hacerlo. Cuando nací ya tenía tíos muertos, e historias que no alcanzaba a entender. Después, en un lapso de dos años, se fueron cinco. Si no fuera por el dolor extremo, era casi de chiste. ¡Ya nadie me creía! Y ya mejor ni decía.
Y luego empezó el otro lado, el paterno. Tía, y ahora, tío. Y duele.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario