miércoles, junio 08, 2011

Mi PIN

Mi virginidad blackberriana finalizó antenoche.

Luego de resistirme por años, un mega oso, y la desesperante necesidad de volver a la oficina desde cualquier punto de la ciudad para revisar mails tontos, pero urgentes, me hizo lanzarme a un módulo de celulares en Liverpool Insurgentes.

Salí con una blackberry touch con cuanta cosa se pueda imaginar. En la sala de mi casa, por ejemplo, el satélite marca que estoy en una calle, en la cocina, en otra. Puedo ver la tele (no se me ocurre cuando tenga necesidad de verla en la black, pero ya sucederá, seguramente), y el costo me pareció razonable: 340 y tantos pesos con internet ilimitado, más 200 minutos libres y mamaditas extra. Gracias Iusacel! Y no es sarcasmo.

A menos de 48 horas, debo confesar que soy ya un adicto. Espero no convertirme en uno de esos weyes o weyas que en los restaurantes no pelan a su chava, chavo o comensal interlocutor por estar metidos en el messenger. Es una promesa solemne. No lo haré. Pero mientras no esté en eso, le daré duro. Es la verdad.

La gota que derramó el vaso sucedió el domingo en la mañana. Mientras estaba en el St. Regis con el autor de más pedorreo que me ha tocado atender, su blackberry se descargó. Le urgía saber si su perro, en Alabama, había desayunado croquetas o carnaza. O algo así. Entonces me pidió mi black... y yo mentí diciendo que se había mojado... pero que tenía un celular temporal, el cual no dudó en decirme que le serviría perfecto. Entonces saqué tímidamente mi celular. Es una especie de tamagochi del 2003, le falta la tecla del uno y la tapa de la batería esta quebrada, por lo que un diurex lo ayuda a mantenerse en una sola pieza. La pantalla está rayadísima y pesa lo que un ladrillo de los rojos.

Mr. Smith me miró con desdén. Era la misma mirada que me ponen en las juntas cuando en una sala, todos ponen su black sobre el escritorio y yo no pongo nada. O pongo un café para disimular. O la mirada que ponen cuando me piden mi PIN y yo intento hacer una broma para desviar el hecho de que soy el único en esta empresa que no tiene una black. O no tenía.

Pero agárrense, que mi versión es más moderna, y touch. Y con giroscopio. Y con un pantallón. En pocas palabras, en lenguaje macho, la tengo más grande. Al menos, por ahora. Las miradas en el elevador de hoy fueron muy satisfactorias. Fingí que he tenido esa black desde siempre, nomás por apantallar. Que wey soy. Pero no puedo evitar disfrutarlo!

¿Me pasas tu PIN?

3 comentarios:

  1. Anónimo7:23 p.m.

    Jajajajajaja. Siento que ya extraño al tamagochi 2003, como que me cae mejor! jajaja.

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  2. Muy interesante la nota.
    Lamentable o satisfactoriamente es realmente necesario un smartphone en nuestros días como lo fue un simple celular en otros.
    Yo aún sigo medio virgen por así llamarlo, pero algún día encontraré "ese algo especial".

    Saludos !

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  3. jajaja pero resitiste un rato, que es lo importante. Yo no tengo, pero no creo que termine julio sin que tenga una... ni modo, es el mundo que nos obliga.

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